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El fuego cristal arde por adentro. Arde sin se ver. 
La sagrada lluvia de plata seca las aguas de la ilusión y, en el terreno árido y seco, sólo el rocío de las lágrimas que podrían ser lloradas hace brotar las extrañas e inmortales flores del espirito. 
El clamor hace eco en la harmonía y, por fin, es tan fuerte y atrayente que no deja voz para gritar el gran dolor por la forma vencida por el conflicto con nadie: la ilusión se vence a sí misma a través de su propia lucha. 
El fuego del 4º rayo arde suavemente pero quema en todos los músculos  dilacerando horriblemente – bella y al mismo tiempo horriblemente – la carne. 
La harmonía es un momento corto, un premio inolvidable, pero que rápidamente parecerá irreal.
La paz, el descanso, el sabor de la victoria o el contemplar de los despojos de guerra no son consentidos a nuestros guerreros. 
Ellos luchan con armas que nadie ve – ni siquiera los otros guerreros – y se hieren a si mismos con la crueldad especial que solamente el Espirito es capaz. 
No los amamos menos de que a los otros, pero su camino no es el de ser testigo visible de los grandes amores o de los grandes odios. Entretanto son mayores sus contrastes y sus amores para que el conflicto sea mayor y mayor todavía la flor de la harmonía que surgirá.

SERAPIS BEY

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